| El retrato de Dorian Gray |
| Escrito por Bárbara Vázquez | ||
| lunes, 14 de junio de 2010 | ||
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La historia es conocida por cualquiera que no sea un alumno de ESO: Dorian Gray es un joven criado en el campo, que llega a Londres convertido en un rico heredero tras la muerte de su abuelo. Allí conoce a un artista que, admirado por su belleza, pinta su retrato, y a Lord Henry Wotton, un hedonista que influye enormemente en el chico. Dorian manifiesta su deseo de permanecer siempre como se ve en su retrato, y su deseo se cumple, pero todos los actos de depravación que comete a partir de ese momento (y son muchos) quedan reflejados en el retrato.
En la novela de Wilde, esos actos de perversión apenas se insinúan, al igual que ocurre con la posible relación homosexual entre Dorian y el pintor. La película no es tan sutil: es como presenciar una orgía sin fin. Que en el siglo XIX bastaba con sacar a pasear a una chica sin carabina para que lo considerasen a uno una mala influencia y un bala perdida, no hacía falta ir mucho más allá. Y la vanidad y la gula también cuentan como pecados capitales, aunque en esta versión parece que sólo exista la lujuria.
Con todo esto, la película tiene un aire un poco macarra que a mí me resulta muy chocante. Oscar Wilde era un escritor muy ingenioso, con un humor lleno de ironía y muy sutil, y esta adaptación, en comparación, me parece de lo más zafia. Otra cosa que pierde en la comparación con la novela es que enseñan demasiado el retrato, resulta siempre mucho peor cuando te lo tienes que imaginar. Por eso Wilde casi no da detalles físicos en su descripción, no se centra en las llagas ni las pústulas, sino más bien en su expresión, en su mueca de desprecio y depravación, y en como la vida de degeneración que ha llevado queda reflejada en su rostro.
En cuanto al final, no es que sea completamente diferente al de la novela, sino que más bien es una exageración, como si alguien en Hollywood hubiera decidido darle un poco de caña en plan acción (y eso que es una peli británica), con lo que queda bastante raro.
Los actores, claro está, están correctos, sobre todo Colin Firth como corruptor e inductor del joven Dorian. Ben Chaplin es el artista que le hace ojitos al chico, y el propio Dorian es Ben Barnes, el de Príncipe Caspian. Pero él se tiene que limitar a estar guapo y sonreír con sorna todo el rato. El resto son casi todo prostitutas que entran y salen, casi ninguna dos veces. No es lo que yo llamaría una película de época, la verdad.
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